II
Invisible a los ojos
La trabajadora social ingresó, presurosa, al recinto cargando una pesada pila de expedientes. Tenía una fila de personas esperando para entrevistarse con ella y el Intendente le había pedido que incorporase en su lista de turnos a dos personas más que acababan de ingresar a la Fundación Revivir, organismo municipal para la rehabilitación de adicciones.
No tenía tiempo ni para pensar en el asunto imprevisto… ¡otro caso de reincidencia!
“Por favor, con tantos casos de internaciones voluntarias, gente que realmente quiere cambiar, hay que atender dos tercos que de tanta droga ven alucinaciones. Acá hace falta más gente trabajando” —pensaba mientras se sentaba frente a dos muchachos de aspecto tímido y bastante asustados. Serenándose un poco, comenzó la entrevista.
—Bueno, cuéntenme la razón por la que han vuelto por aquí. Recuerdo que estuvieron internados unos meses y luego desaparecieron sin el alta y sin ninguna explicación.
—Señora, dis… disculpe pero necesitamos ayuda.
—Sí, me imagino. ¿Se quieren esconder un tiempito? ¿Quién los anda buscando esta vez? —exclamó impaciente.
La frase tuvo el efecto del alcohol sobre una herida. Los muchachos, delgados, fibrosos y de brazos tatuados, se quedaron rígidos, boquiabiertos, mirando sin saber qué decir. Un aire de misterio inundó la habitación.
—Eh, Licenciada… emmm, no nos sentimos bien, hemos estado tomando unas líneas, pero nunca sentimos esto, así… tan real —intervino Pepe.
—Lo que quiere decir Pepe, es que estamos viendo visiones, pero en serio ¿eh?… no mientras dormimos o mientras estamos altos, vamos a trabajar y vemos cosas… cosas raras y…
—¿Cosas raras, cómo cosas raras? —interrumpió Beatriz pensando a qué se referían. La trabajadora social no entendía el argumento, estaba habituada a los relatos indescifrables que usaban los adictos para argumentar veladamente su necesidad de ayuda. Pero estos muchachos parecían muy consternados.
Pepe se dio vuelta, buscando en los ojos de su compinche alguna respuesta. Pero el Negro se mantenía en silencio mientras sudaba apretando por sus nervios una mano contra la otra.
—Yo… yo tengo miedo… no quiero mo… morir —alcanzó a musitar mientras cerraba su boca reseca, apretando los labios que iban palideciendo.
—Hemos estado viendo cosas, visiones, gente que nos persigue… —balbuceó Pepe tratando de parecer convincente mientras el Negro se había llamado a silencio.
—Lo nuestro es una pesadilla y necesitamos ayuda —terminó la frase casi sin aliento, sabiendo que no podía abundar en detalles con la historia de los robos y asaltos a mano armada que venían haciendo.
Ambos se sentaron y esperaron en silencio. Sabiéndose cómplices y testigos de un relato que no se animaban a contar. Esta vez esperaban ayuda en serio. Ayuda y protección. Ya había pasado una semana del intento de robo en la Capilla y todavía se les erizaba la piel de recordar la mirada encendida de aquel gladiador gigante parado detrás del viejo. Algo muy extraño había sucedido, extraño y difícil de explicar, pero el terror les duraba.
Aún se sentían observados.
Dios permanece en silencio, pero no está ausente y actúa de muchas maneras, a veces sin que nos demos cuenta, pero ahí está, debes prestar atención.
| “No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (La epístola a los Hebreos 13:2, La Biblia). |
III
Los misterios de la ciencia
El teléfono sonó con insistencia. Felipe Bruno salió de la ducha, con una toalla en la cintura y otra para secarse, mientras cuidaba el paso para no resbalar. Era viernes y esperaba la llamada de su prima, Melisa, pues habían quedado en salir a cenar con amigos para festejar su reciente graduación del postgrado en biología molecular.
—¡Pronto! —exclamó en un italiano improvisado, confiado, pensando que Melisa llamaba para recordarle que llevara la cámara de fotos.
—¿Felipe Bruno? —para su asombro una voz amable de tonada centroamericana sonó del otro lado.
—Sí, él habla —dijo haciendo un movimiento rápido para sostener la toalla que se le caía, como si lo estuvieran viendo.
—Hola, soy Sarah Cinrico la asistente administrativa del laboratorio Snyder en la Universidad de Stanford —Felipe escuchaba atónito sin emitir palabra.
—Hola, ¿sigue usted ahí? —insistió Sarah ante el silencio de Felipe.
—Sssí… por supuesto, la escucho atentamente —logró murmurar carraspeando y buscando la silla para sentarse, tomando conciencia de la trascendencia de aquella llamada.
—Bueno, tengo una noticia para usted —dijo Sarah y haciendo una breve pausa para darle importancia al mensaje, y continuó—, a partir de mayo formará parte del staff del laboratorio, colaborará investigando con el equipo de Micheal en el proyecto Encode… ¡Felicitaciones!
—Sarah…—finalmente logró decir Felipe— no sabe cuánto le agradezco su llamado, debo reconocer que tenía poca esperanza por ser tan numeroso el grupo de concursantes, ¡pero qué buena noticia me está dando!
—Pues usted ha calificado para el puesto y el primer lunes de mayo el doctor Snyder lo estará esperando para presentarlo al resto del grupo. Las reuniones comienzan a las 8 a.m., sea puntual por favor. Por mail le voy a estar pasando unas planillas que necesitamos que complete y traiga firmadas, es información personal que requiere la Universidad.
—Ok, ya mismo agendo la fecha… allí estaré… mil gracias.
Felipe colgó el auricular, se sentó lentamente sobre la silla y se quedó mirando por la ventana, conmovido. Pasaporte… visa… todo en orden, pensó. Había vuelto a Buenos Aires hacía pocos días y recordaba la vigencia de todos sus documentos.
Hacía un mes que había terminado con éxito su maestría en biología molecular, un posgrado que estimó indispensable para su carrera científica. Había enviado el currículum vitae a Stanford, pero no podía creer haber recibido una respuesta tan rápida. Después de dos años de enorme sacrificio y tensa espera, sería incorporado al equipo de investigación en el laboratorio de Micheal Snyder del Departamento Genético de la Universidad de Standford. Con este logro había completado una de las metas importantes de su vida… no cabía en sí de la alegría.
Esa noche en la parrilla La Vaca Atada, rodeado de primos y amigos, levantó la copa y comunicó la noticia.
—Amigos míos, hoy el festejo es doble —todos se lo quedaron mirando pensando que quizás se había enamorado o algo así—. He calificado para Stanford y a partir de mayo co—mi—en—zoooo… ¡como Asistente en Investigación en el laboratorio de Snyder!—. Nadie tenía la menor idea de quién era Snyder, menos aun del mencionado laboratorio, pero a Felipe se lo veía muy feliz, así que levantaron las copas y brindaron ruidosamente.
Desde muy joven se había interesado en la ciencia y ya terminando los estudios secundarios se había inclinado hacia la biología, influenciado por sus ganas de descifrar el enigma del origen de la vida. Siempre recordaba la historia de Adán y Eva que sus padres le habían relatado en su niñez. Ese relato le había acompañado durante toda su juventud, pero una creencia no era un asunto del que se podía debatir en su ámbito, el del método científico. Además sentía una gran curiosidad de conocer la verdad de los hechos, los detalles, y creía con convicción que estudiando iba a develar el misterio.
El debate Evolución versus Creación a su entender continuaba siendo una argumentación filosófica testaruda y ninguna propuesta le satisfacía en lo más mínimo. Había algo más escondido en todo esto y en lo más profundo de su ser sabía que lo iba a encontrar. Ahora la humanidad contaba con un arsenal de sofisticadas herramientas para la investigación, ¡y se las ofrecía gentilmente para saciar su curiosidad! Con ellas podría ver muy adentro de la materia, cortar y pegar fragmentos de ADN que forman el cromosoma, realmente de ciencia ficción.
Se sentía seguro de sí mismo, pues sabía que había cumplimentado por demás los objetivos del postgrado. Se había entrenado en la búsqueda eficaz de la información biológica más avanzada que potenciaba su capacidad para la resolución de los problemas científicos. Había adquirido la destreza técnica necesaria para realizar análisis y resolver problemas experimentales en cualquier laboratorio de investigación biológica del planeta. La emoción de acceder a la maquinaria de investigación más poderosa del mundo superaba cualquier temor que pudiera surgir.
Al volver a su casa esa noche, mientras recordaba lo intenso que había sido ese día viernes de su vida, un pensamiento le atravesó la mente. “Debo ver a don Francisco antes de viajar” —pensó.
La excitación aún vibraba en su interior, por lo que decidió darse una ducha tibia antes de dormir. Luego se apuró en acostarse y después de varias vueltas en la cama, se fue relajando, quedando profundamente dormido.
| “Porque la cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas…” (Carta a los Romanos 1:20, La Biblia). |