Capítulo I

¿Crees tú?

Una intensa luz iluminaba repentinamente la oscura noche permitiendo ver la silueta de innumerables, amenazantes e inquietas nubes. Le siguió de inmediato el estruendo de un relámpago furioso que hizo vibrar los vidrios de las ventanas de la casa. El pronóstico meteorológico de ese martes de marzo, anunciaba un alerta por fuertes ráfagas, posibilidades de granizo y lluvia torrencial en la zona Este de la provincia y sobre todo en la Ciudad de Buenos Aires.

Como diría Jorge, la naturaleza está desconfigurada —murmuró el anciano pastor mientras cerraba el portón de la capilla.

Francisco Pordomingo transitaba el último mes para jubilarse y lo cierto es que no veía la hora de entregar la posta, pues estaba cansado. Habían sido más de cincuenta años de comprometido, arduo y sentido trabajo. La vida había sido más que generosa con él. Había disfrutado de una salud de hierro, pero en el andar cotidiano lo había agotado el contacto con tanta pobreza, tanta violencia, tanta sinrazón y necesidad insatisfecha. Estimaba haber afrontado su tarea dentro de los estándares requeridos, la gente lo apreciaba y, en la intimidad de su ser, sentía que Dios también lo estimaba. Sin embargo le quedaba un sabor amargo, como que algo le hubiera faltado.

Ahora, ya llegando casi a los ochenta abriles, le restaban días nomás para dejar la responsabilidad que había tomado, descansar y prepararse en su intimidad para la experiencia final, la “entrega del equipo”. Sonrió pensando en la expresión que había heredado de Juan, su maestro y tan preciado predecesor.

Durante toda su vida había sido un hombre de fe, bondadoso y lleno de amor por el prójimo. En el barrio de Almagro, donde ejerció su última etapa de ministerio, era mucha la gente que lo quería. Pero ahora, ya en las postrimerías de su vida sentía que su esperanza iba a ser sometida a la prueba más importante y más temida por los hombres: la muerte. La “muerte física” como le había recalcado reiteradamente el amigo Juan. Siempre recordaba una de las frases preferidas de él: “desde que recibimos el soplo de Dios, somos seres humanos viviendo experiencias espirituales”. La vida que sigue después de la muerte física.

Cuantas veces había predicado sobre “el más allá”. Sin duda había sido el tema central de su consuelo a los enfermos terminales en los hospitales o en tantos velorios y entierros a los que había sido invitado a participar. Pero ahora ya lo sentía cerquita en su camino, pronto le tocaría vivir en carne propia el evento del que tanto le había tocado anunciar en aquellos momentos de tristezas ajenas.

El viento soplaba fuertemente y ya la lluvia tímida en un principio se había convertido en impertinente diluvio, fuertes baldazos de agua caían por doquier.

Don Francisco era un hombre delgado, de rostro pálido, apariencia tímida y modales sencillos. Había enviudado hacía cinco años y desde entonces su vida social se había reducido sensiblemente. Dejó la casa que alquilaba y se instaló en las instalaciones aledañas a la capilla donde compartía la cocina con Jorge Sanmartino y Félix Zunino, dos estudiantes del último año del seminario. Mantenía gustos sencillos y entre los más estimados figuraba un buen libro, una crujiente tira de asado y… un buen malbec.

Se preparó un tecito y se me metió en la cama para comenzar a leer el libro que había recibido en el correo de la mañana. Era la última publicación de uno de sus autores preferidos, el fraile capuchino Padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia.

Abrió el sobre, quitó el envoltorio encelofanado y se quedó mirando y reflexionando un rato en la tapa. Mientras mordisqueaba una galleta de agua a manera de cena y, con la esperanza de que no se cortara la luz, empezó con la primera página intrigado con el título: ¿Credi tu? Siempre que leía a Cantalamessa le invadía una curiosidad pensando que Raniero sabía algo con respecto a Dios que él ignoraba.

Hubiera querido ver más actividad sobrenatural del que había experimentado. No que no la hubiera tenido, recordaba tantos eventos que llamaba milagros, como la vez que Elena, la hijita menor de la familia vecina, se recuperó de manera inesperada de una leucemia que los había tenido a todos tan preocupados. Esa fue una alegría inmensa para todos, y en especial para Don Francisco que tanto apreciaba a la pequeña feligresa de la otra cuadra.

“Espero algún día escuchar claramente la voz audible de Dios” —le había confesado a Juan, su preciado mentor. Soñaba con la intervención explícita sobrenatural, y la gente amontonándose en la puerta de su capilla buscando al que Vive.

“Tanta maldad dando vueltas por ahí, con una buena aparición y escarmiento ejemplificador, de vez en cuando, esto andaría mejor, seguro que andaría mejor” —había coincidido en este asunto con el Comisario en la última causa donde fue citado como testigo.

Dio vuelta la primera página mientras recitaba por lo bajo su texto favorito referido a la fe en la Carta a los Hebreos: “… sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay…”

No había terminado el primer párrafo cuando un golpeteo en la puerta lo distrajo. Miró el reloj sobre la mesa de luz, eran poco más de las diez de la noche.

¿Quién podría ser a esta hora y con esta lluvia? —se preguntó y levantando un poco la cabeza, trataba de escuchar si alguno de los muchachos atendía el llamado evitándole a él salir de la cama.

La voz de Jorge rompió el silencio con un apurado:

—¡Yo voy! —mientras se escuchaba el arrastrar de las ojotas sobre los opacos cerámicos del piso.

—Gracias Jorge —mencionó Francisco, mientras ajustándose los lentes, intentaba concentrarse para reiniciar la lectura.

—¿Aída? ¿¡Qué haces a estas horas en la calle y con este temporal..!? —exclamó Jorge en voz alta.

Aída era una mujer de mediana edad que vivía en un Hogar para madres solteras a quien, la mayor parte del día, se la encontraba deambulando por las calles del barrio pidiendo monedas. Por algún motivo, tal vez porque realmente “le faltaban diez para el peso”, prefería las monedas a los billetes de mayor denominación. Siempre pedía monedas.

Pero por otro lado, mientras su mente era lerda en comprender, su alma era rápida en compadecer, siendo siempre la primera en llegar a un velorio. Su escasa higiene personal la marginaba un poco en las relaciones con el vecindario, pero cuando alguien sufría, era la mano de Aída la primera que se apoyaba sobre el hombro afligido.

—Necesito leche Jorge, el pibe no se me duerme y no tengo leche en el Hogar, ¿tendrán leche?, pregúntale a Don Francisco si no tiene leche—vociferó sin pausa.

—Don Francisco ya se metió en la cama, dame un segundo que me fijo —replicó Jorge quien habituado a las inesperadas e inoportunas apariciones de Aída, corría hacia la cocina mientras ella esperaba en la puerta, empapada con los brazos cruzados y aire impaciente.

Desde la cama y mirando el techo, Francisco escuchaba el ir y venir de Jorge, los rezongos de Aída y la puerta que finalmente se cerraba. Relajado, se dispuso por segunda vez continuar con la lectura. No pudo avanzar más de un renglón, un golpecito en la puerta del dormitorio interrumpió.

—Francisco, ¿puedo…?

—Si Jorge, adelante —respondió Francisco revolviendo el té que se le enfriaba.

—Era Aída que quería un poco de leche.

—Sí, escuché. Algo le habrás dado, supongo, pues oí que se fue sin gritar.

—Sí, pero con lo que le di ya no hay más, le aviso para que no se levante. Mañana antes de salir para el seminario traigo un par de sachets.

Okey, gracias Jorge y no te preocupes que mientras nosotros dormimos esta noche, los tamberos estarán haciendo sus deberes ordeñando esas fieles vaquitas para que a la mañana tengamos leche bien fresquita —comentó sonriente, recordando la visita reciente al campo de Guillermo Iturbe, el feligrés más gaucho que solía asistir periódicamente a la capilla, quien ordeñaba unas vacas y también criaba cerdos en las afueras de Buenos Aires.

Un golpeteo nervioso en la puerta de entrada interrumpió la respuesta de Jorge, quien dando media vuelta, fue a abrir pensando que Aída estaba empecinada en impedir el “ocioso” descanso.

Todo fue muy rápido, el portazo echó a Jorge contra el piso de un golpe ingresando al recinto dos fornidos muchachos desencajados e histéricos al máximo.

—¡Quietos, nadie se mueva! ¡Queremos la plata, la plata y nos vamos!… ¡La plata, nene!

Jorge incorporándose desde el piso, aturdido, miraba sin poder entender lo que estaba pasando.

—¿Plata? ¿A una iglesia vienen a buscar plata? —apenas pudo gesticular Jorge, cuando un golpe con el caño de la pistola le abrió un tajo en una ceja, tirándolo al piso ensangrentado.

—¡Dame la plata o te degüello nene! ¡Estoy apurado y quiero la plata! —gritó el forajido apuntando al cuello de Jorge con una cuchilla cortita de hoja reluciente.

La situación era muy tensa, los delincuentes discutían entre ellos como que se habían equivocado de casa, Jorge seguía en el piso sin saber qué hacer. Tímidamente Francisco se asomó por la puerta del dormitorio. Cuando vio la escena, arqueando las cejas se quedó helado.

Volteándose los dos malvivientes encaran a Don Francisco con la agresividad típica de aquellos bajo el efecto de las drogas.

—¿Y éste quién es? —gritó uno mientras se abalanzaba sobre Francisco. La situación se había descontrolado, los hombres nerviosos sentían que había más gente en la casa del que podían manejar. El Negro tomó a Francisco por el cuello y mientras lo apretaba contra la puerta le gritaba a su compañero.

—¡Pepe! ¿Qué hago? ¡Decime qué hago con este viejo!… ¡Pepe!

Mientras tanto el compañero que apuntaba a Jorge, tirado en el piso sangrando, revolvía la mesita de entrada buscando plata o algún objeto de valor, sin querer tiró un florero, acción que agregó más tensión a la escena.

—¡Pepe! Larguémonos de acá que pueden haber más tipos. Don Francisco enrojecía a causa de la asfixia, sentía que esa mano fibrosa era una roca, mientras trataba inútilmente de sacarla de su cuello con todas sus fuerzas.

—Oíme Negro, ya que estamos adentro, vemos qué nos llevamos y nos largamos —gritó Pepe, mientras levantaba la pistola para darle un culatazo a Jorge que de a poco se estaba incorporando.

De pronto se escuchó fuerte y claro:

—¡No!

Una voz grave, varonil y resuelta interrumpió el descontrolado griterío con claridad, generando un abrupto silencio.

Solo se escuchaban los jadeos de Jorge y la bocanada de aire al liberarse la presión sobre la garganta de Don Francisco. Se quedaron mirando atónitos. Alguien más estaba en la casa, era claro que la voz provenía de la habitación. Don Francisco, todavía agarrado a la mano agresora, miraba a Jorge para ver si reaccionaba. Jorge desde el piso continuaba con el gesto de cubrirse la cabeza por el potencial culatazo.

Pepe miraba asombrado por encima de la cabeza de Don Francisco que continuaba apretado contra la pared, sus manos comenzaron a temblar con espasmos.

Frente a él y por detrás de don Francisco de la nada apareció, como si la pared tomara forma, un enorme hombre de rasgos serios y mirada penetrante que le señalaba con una punta reluciente y cara de pocos amigos. El resplandor que reflejaba su rostro dañaba los ojos de Pepe que, entornándolos, comenzaba a retroceder instintivamente.

Al ver la reacción de Pepe, el Negro giró buscando muy nervioso el objeto que aterrorizara a Pepe. La mano sobre el cuello de don Francisco se aflojó al instante y trastabillando el hombre comenzó a retroceder para reunirse al lado de Pepe, que ya llegaba a la puerta.

El silencio era espeso, solo se escuchaba el jadeo y la respiración pesada de los cuatro dentro de la habitación.

Lo inesperado sucedió. Dejando caer la cuchilla y la pistola, ambos delincuentes fueron de a poco retrocediendo horrorizados hacia la salida, confundidos y con los ojos abiertos de par en par. Ni bien llegaron a la puerta a sus espaldas, sin mirar tanteaban buscando abrirla. Como había quedado entornada, dándole un brusco empujón, se dieron a la fuga, tropezando uno con otro sin mediar palabra mientras huían.

Don Francisco miraba perplejo y sin comprender. La puerta abierta de par en par, se movía acusando el empujón. Frotándose con suavidad el cuello bajó la vista y viendo a Jorge en el piso reaccionó y corrió hacia él.

—¿Estás bien Jorge? Dejame ver.

—Estoy bien Francisco, solo un poco de sangre, pero estoy bien… me salvé de ese mamporro… estoy bien —dijo Jorge tratando de incorporarse.

Ambos se miraban sin comprender lo sucedido, no había nada particular en la habitación. Miraron hacia la pared que había llamado la atención de Pepe y no vieron nada raro.

—¿Qué sucedió Jorge?, me estaba ahogando ese tipo cuando de golpe me soltó y empezó a recular. ¿Ese no fue tu grito? —preguntó intuyendo que la respuesta sería negativa.

—Yo no dije nada, solo me cubría esperando evitar otro golpe que no llegaba nunca y luego escuché las torpes pisadas de ellos saliendo hacia la puerta.

—Bueno, llamemos a la policía —dijo Francisco observando con intriga la cuchilla y la pistola tiradas en el piso.

Al rato y después de relatar los hechos tal como habían ocurrido, incluyendo la inusual manera en que se resolvió la cuestión, la policía se retiró llevándose en una bolsa de plástico los elementos delictivos como evidencia.

Don Francisco después de ayudar a Jorge con su herida, se dio una ducha de agua caliente, fue al comedor y tiró un poco de desodorante de ambientes para contrarrestar el desagradable olor a alcohol y porro que todavía se percibía en la casa. Volviendo a comprobar que la puerta había quedado bien cerrada, revisó la habitación buscando algún detalle que le develara el misterio de la huida.

Todavía le retumbaba en la cabeza esa voz grave diciendo: “No”.

Pensaba tratando de recordar detalles de lo que acababa de vivir. Los cuatro escucharon esa voz, pero todo fue muy rápido. Ojalá la policía encontrara a los malvivientes —pensó. Seguramente ellos podrían aclarar lo que habían visto.

Se dirigió hacia su cuarto con la sensación que había sucedido un hecho sobrenatural frente a sus narices y él no vio nada. Se recostó en la cama que ya estaba abierta y dándose vuelta sobre un costado, agradeció a Dios por encontrarse bien y en pocos minutos quedó profundamente dormido.

“Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos” (Salmos 91:11, La Biblia).  
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